Carlos Midence desarma el mito de Occidente y devuelve al Sur Global el lugar que le fue robado

En «Nosotros y Occidente». Otra historia de un relato hegemónico, el escritor y diplomático nicaragüense reconstruye la genealogía material, racial y epistémica de la supremacía occidental. Su obra no se limita a cuestionar una versión de la historia: denuncia el dispositivo que transformó el saqueo en progreso, la invasión en descubrimiento y a los pueblos despojados en responsables de su propio empobrecimiento.

Por Edgardo Hernán Cardo *

Nosotros y Occidente. Otra historia de un relato hegemónico, el nuevo libro de Carlos Midence, no es una historia convencional sobre el ascenso de Europa y Estados Unidos. Es un alegato contra la ficción que convirtió a Occidente en sujeto universal de la historia y redujo al resto de la humanidad a objeto de conquista, clasificación, estudio y disciplinamiento.

Desde el prefacio hasta sus reflexiones conclusivas, Midence despliega una contranarrativa decolonial destinada a desmontar uno de los mayores fraudes ideológicos de la modernidad: la presunta superioridad natural de Occidente.

El autor no niega que los países occidentales hayan alcanzado una posición dominante. Lo que impugna son las causas que ellos mismos atribuyeron a esa dominación. Su riqueza, su desarrollo científico, su industrialización y su poder institucional no nacieron de una excepcionalidad moral, cultural o genética. Se levantaron sobre la expansión militar, la ocupación territorial, la esclavitud, el exterminio, la apropiación de recursos y el saqueo de conocimientos acumulados por otros pueblos durante siglos.

Occidente no llegó primero porque fuera superior. Llegó armado, despojó a quienes encontró a su paso y luego escribió una historia en la cual el botín apareció convertido en mérito.

Una obra contra la historia de los vencedores

Midence parte de una afirmación decisiva: la colonialidad no pertenece exclusivamente al pasado. Permanece activa en la vida cotidiana, en el lenguaje, en las instituciones, en las universidades, en el consumo cultural y, sobre todo, en la manera en que los pueblos del Sur Global han aprendido a observarse a sí mismos.

Por eso el libro comienza con escenas aparentemente menores: profesores universitarios que consideran más profunda una expresión cuando se pronuncia en inglés; familias no blancas que celebran la posibilidad de “mejorar la raza”; personas que presuponen que un escritor riguroso debe ser blanco, rico o formado en el extranjero; latinoamericanos que otorgan prestigio automático a todo aquello que proviene de Europa o Estados Unidos.

No son anécdotas dispersas. Son síntomas.

Midence las utiliza para mostrar que la dominación alcanza su máxima eficacia cuando ya no necesita ser impuesta únicamente desde el exterior. La colonialidad triunfa cuando el sujeto colonizado adopta la escala jerárquica del colonizador y comienza a medir su lengua, su cuerpo, su cultura y su capacidad intelectual con los parámetros de quien lo sometió.

El colonialismo ocupó territorios. La colonialidad ocupó la conciencia.

El “Nosotros” que Occidente convirtió en resto

El primer acto de insurgencia del libro está contenido en su título.

Durante siglos, la literatura occidental habló de “Occidente y el resto”. La fórmula no era inocente. Occidente aparecía como entidad histórica, política y cultural plenamente constituida. Todo lo demás quedaba reducido a una sobra geográfica: el resto.

Midence invierte esa ecuación y escribe Nosotros y Occidente.

No coloca “el resto” antes que Occidente. Elimina directamente esa categoría degradante y la reemplaza por un Nosotros escrito con mayúscula. Ese Nosotros no designa una identidad uniforme ni una raza esencial. Nombra una experiencia histórica compartida por los pueblos de Abya Yala, África, Asia y las distintas regiones del Sur Global: invasión, expolio, inferiorización, resistencia y búsqueda de soberanía.

La mayúscula no es un recurso ornamental. Es una restitución política.

Los pueblos convertidos en periferia vuelven a ocupar el lugar de sujetos. Quienes fueron narrados por los invasores recuperan el derecho a narrarse. Quienes aparecieron en los archivos como salvajes, bárbaros, caníbales, esclavos, indígenas o especímenes humanos reclaman su condición de productores de historia, conocimiento y civilización.

Midence no pide ingresar respetuosamente en la historia universal escrita por Occidente. Cuestiona que esa historia tenga derecho a llamarse universal.

La supuesta ventaja occidental

La idea matriz del libro surge de una frase pronunciada por un amigo del autor: Occidente “lleva mucho tiempo de ventaja”.

Midence se detiene en aquello que la expresión oculta. ¿De qué ventaja se habla? ¿De instituciones? ¿De ciencia? ¿De tecnología? ¿De libre comercio? ¿De una pretendida cultura del esfuerzo?

El relato occidental atribuyó su predominio a cualidades internas. Construyó una genealogía que parte de Grecia, atraviesa Roma, el Renacimiento, la Ilustración y la Revolución Industrial, y culmina en Europa y Estados Unidos como supuestos herederos naturales del progreso humano.

Esa narración elimina casi por completo el saqueo colonial.

El autor confronta esa versión con una historia de acumulación por desposesión. Occidente pudo industrializarse porque tuvo colonias, mercados cautivos, materias primas obtenidas por la fuerza, trabajadores esclavizados y conocimientos apropiados. Pudo financiar sus instituciones mientras destruía o subordinaba las instituciones de los pueblos ocupados.

Incluso la ciencia que presentó como creación autónoma se nutrió de aportes árabes, persas, africanos, asiáticos y americanos que luego fueron silenciados o incorporados bajo nombres europeos.

La ventaja, entonces, no fue una virtud. Fue una relación de poder.

Una civilización de la extinción

Uno de los giros más incisivos de Midence aparece cuando confronta los discursos contemporáneos sobre una supuesta “civilización occidental en extinción”.

El autor invierte la fórmula. Antes que una civilización amenazada por la extinción, Occidente ha actuado históricamente como una civilización de la extinción.

Su expansión produjo exterminios, esclavitud, desindustrialización forzada, destrucción de culturas, apropiación territorial y borramiento de memorias. La grandeza occidental que algunos dirigentes actuales prometen restaurar fue construida con recursos materiales y cognitivos extraídos de los pueblos sometidos.

Por eso Midence advierte sobre las proclamas que llaman a “hacer grande a Occidente otra vez”. Esa grandeza nunca fue gratuita. Necesitó territorios ocupados, cuerpos disponibles y sociedades enteras colocadas por debajo de la línea de lo humano.

La expansión colonial no fue un accidente exterior a la modernidad. Fue una de sus condiciones de existencia.

La batalla por el nombre

Midence sabe que la dominación también se ejerce mediante las palabras. Por eso impugna el vocabulario con el que Occidente maquilló sus crímenes.

No habla de descubrimiento, sino de invasión. No habla de encuentro, sino de ocupación, No habla de exploración, sino de expansión imperial. No habla de intercambio, sino de apropiación. No habla de misión civilizatoria, sino de inferiorización.

Cada término del relato colonial cumple una función política.

“Descubrimiento” borra a quienes ya habitaban el territorio. “Encuentro” oculta la desigualdad entre invasores armados y pueblos agredidos. “Intercambio cultural” convierte la sustracción de recursos y saberes en una relación recíproca. “Civilización” presenta al victimario como benefactor.

El lenguaje no se limita a describir la violencia. Puede absolverla.

De allí la importancia de recuperar las palabras capaces de devolver a los hechos su verdadera dimensión. No se trata de modificar el tono de la historia, sino de arrancarla de las manos de quienes transformaron el exterminio en epopeya.

La fabricación del salvaje

El análisis antropológico de Midence demuestra que el “otro” colonial no fue descubierto. Fue fabricado.

Antes de llegar a nuestro continente, Europa ya había construido las figuras del bárbaro, el monstruo y el salvaje. Esas imágenes surgieron de sus propios miedos, conflictos y fronteras interiores. Después de 1492, fueron proyectadas sobre los pueblos invadidos.

La diferencia cultural dejó de ser reconocida como diferencia. Se convirtió en déficit.

Una lengua distinta pasó a ser ausencia de lenguaje. Una espiritualidad diferente fue reducida a idolatría. Una organización social no europea fue presentada como atraso. Una relación propia con el territorio se interpretó como incapacidad para ejercer dominio sobre él.

De ese modo, la inferiorización justificó la apropiación.

El invasor no se limitó a ocupar la tierra. Primero declaró que sus habitantes no reunían las condiciones necesarias para poseerla. No se limitó a destruir sus sistemas religiosos. Los convirtió en expresiones demoníacas. No se limitó a apropiarse de sus conocimientos. Negó que esos conocimientos pudieran ser considerados ciencia.

El otro fue deshumanizado para que su sometimiento pareciera necesario.

La raza como dispositivo económico

En Nosotros y Occidente, el racismo no aparece reducido a una actitud individual ni a una sucesión de prejuicios. Es analizado como principio organizador del sistema colonial y capitalista.

La clasificación racial permitió determinar quién tenía derecho a gobernar, quién podía poseer tierras, quién producía conocimiento y quién debía aportar trabajo forzado. Estableció qué vidas merecían protección y cuáles podían ser sacrificadas en nombre del progreso.

La raza transformó la desigualdad política en aparente diferencia natural.

Midence muestra que la economía colonial necesitó esa clasificación. Para esclavizar, despojar y explotar era necesario construir previamente una humanidad graduada. En la cima se ubicó el hombre blanco occidental. Debajo aparecieron los pueblos considerados inmaduros, irracionales, supersticiosos o incapaces de gobernarse.

Esa matriz no desapareció. Cambió de vocabulario.

El salvaje colonial reaparece en el migrante sospechoso, el extranjero peligroso, el pueblo supuestamente ingobernable o el Estado al que Occidente se atribuye el derecho de sancionar, intervenir o “salvar”.

Lengua, religión y género

La obra también examina los marcadores que acompañaron la clasificación racial.

La lengua imperial funcionó como instrumento de administración, evangelización y disciplinamiento. Las lenguas originarias fueron perseguidas cuando sostenían memorias autónomas, pero utilizadas cuando resultaban útiles para controlar a las poblaciones.

La colonialidad lingüística permanece activa cuando los pueblos del Sur atribuyen mayor profundidad, prestigio o cientificidad a una idea sólo porque fue expresada en inglés.

La religión, por su parte, no acompañó pasivamente la expansión imperial. Proporcionó categorías jurídicas y morales para ocupar territorios, perseguir creencias y presentar la conquista como una empresa redentora.

La cruz y la espada no recorrieron caminos separados.

Midence incorpora además el género como marcador de dominio y muestra cómo el territorio americano fue representado como cuerpo femenino disponible para la penetración, la conquista y la posesión. Este eje abre un campo fértil para profundizar la relación entre colonialidad, patriarcado, propiedad, división sexual del trabajo y violencia contra las mujeres indígenas y africanas.

Se trata de uno de los desafíos que la propia potencia de la obra deja planteados para futuras investigaciones decoloniales.

Las disciplinas al servicio del imperio

El cuarto capítulo conduce el análisis hacia un punto decisivo: Occidente no dominó únicamente mediante ejércitos, iglesias y compañías comerciales. También contó con disciplinas encargadas de observar, clasificar y administrar a los pueblos ocupados.

La historia convirtió la voz del vencedor en relato universal. La antropología transformó al colonizado en objeto de estudio. La geografía preparó territorios para la ocupación. La cartografía ordenó visualmente el mundo desde la centralidad europea. Los museos transformaron el botín imperial en patrimonio cultural.

El conocimiento no fue exterior a la conquista.

Primero se invadió. Después se estudió a los invadidos. Finalmente, el saber producido se utilizó para perfeccionar su control.

Midence no propone abandonar esas disciplinas, sino arrancarlas de la lógica que las colocó al servicio de la dominación. La antropología, sostiene, debe dejar de observar al otro como un espécimen y orientarse a construir un mundo capaz de reconocer las diferencias sin convertirlas en jerarquías.

El mapa también miente

La sección dedicada a la cartografía constituye uno de los momentos más claros del libro.

Los mapas occidentales no sólo representaron territorios. Produjeron una geopolítica de las proporciones. Europa apareció sobredimensionada, ubicada en el centro y en la parte superior del planisferio. El Sur Global quedó reducido, desplazado y visualmente subordinado.

El mapa enseñó jerarquías antes de que alguien necesitara explicarlas.

Midence recupera la inversión cartográfica propuesta por Joaquín Torres García. Colocar el Sur arriba no es un capricho estético: es una declaración de existencia. Significa afirmar que el punto desde el cual Occidente organizó el mundo no es neutral ni inevitable.

Descolonizar la mirada también exige descolonizar el espacio.

La humanidad colocada dentro de una jaula

La obra alcanza su máxima intensidad en el apartado dedicado a lo “zooantropológico” y los museos.

Allí confluyen todos los dispositivos examinados anteriormente: invasión, racismo, ciencia, clasificación, espectáculo, apropiación del cuerpo y pérdida del nombre.

Durante los siglos XIX y XX, hombres, mujeres y niños pertenecientes a pueblos colonizados fueron encerrados, estudiados y exhibidos en zoológicos humanos y exposiciones etnológicas. La otredad cultural fue llevada hasta la cima del oprobio: seres humanos convertidos en espectáculo para que las sociedades imperiales confirmaran visualmente su supuesta superioridad.

La tesis deja de ser abstracta. La clasificación termina dentro de una jaula.

El despojo del nombre resulta particularmente revelador. Las personas exhibidas perdían su identidad y recibían denominaciones impuestas por sus propietarios o por la prensa. El mismo poder que había renombrado territorios se arrogó el derecho de renombrar cuerpos.

Sarah Baartman fue convertida en la “Venus hotentote”. Su nombre, su historia y su humanidad fueron reemplazados por una categoría destinada al consumo morboso del público europeo.

El museo Británico continuó esa operación bajo una forma aparentemente más refinada. Los objetos arrancados de África, Asia, Oceanía y Abya Yala fueron concentrados en las capitales imperiales. El saqueo pasó a llamarse colección y el botín se transformó en patrimonio universal.

Midence proyecta esa crítica sobre numerosos museos y pinacotecas occidentales que todavía conservan una parte sustancial del patrimonio artístico y cultural sustraído a los pueblos colonizados, pese a los crecientes reclamos de restitución.

Haití y la Torre Eiffel: la modernidad levantada sobre el despojo

Después de los zoológicos humanos, Midence construye una de las imágenes más contundentes de todo el libro: la relación entre Haití y la Torre Eiffel.

Haití protagonizó la primera revolución triunfante de esclavizados y derrotó al colonialismo francés. Occidente respondió con aislamiento, hostigamiento y una deuda extorsiva impuesta como castigo por haber conquistado su libertad.

Los pagos drenaron durante décadas los recursos necesarios para el desarrollo haitiano y enriquecieron a la banca francesa. Parte de ese capital terminó incorporado al financiamiento de la infraestructura parisina, incluida la construcción de la Torre Eiffel, emblema de la Exposición Universal de 1889.

La imagen concentra toda la tesis de Midence.

Mientras seres humanos colonizados eran exhibidos como objetos en las exposiciones universales, los recursos extraídos de uno de los pueblos que había vencido a la esclavitud contribuían a levantar el monumento desde el cual Occidente celebraba su modernidad.

La torre no es solamente una proeza de ingeniería. También puede leerse como monumento a una riqueza que nunca explica de dónde provino.

Los desafíos que abre la obra

La potencia de Nosotros y Occidente no clausura el debate. Lo multiplica.

El Nosotros construido por Midence funciona como sujeto político capaz de reunir a pueblos atravesados por experiencias comunes de sometimiento. El desafío consiste en profundizar esa unidad sin borrar la enorme diversidad histórica, cultural y civilizatoria de África, Asia, Abya Yala y Oceanía.

También queda abierto el camino para ampliar el estudio de las relaciones entre colonialidad, género, ecología, tecnología y nuevas formas de acumulación digital. El propio autor advierte sobre la emergencia de un orden tecnofeudal, concentrado en grandes corporaciones que controlan datos, plataformas y recursos tecnológicos.

La colonialidad puede cambiar de soporte. Ya no necesita únicamente mapas, museos y manuales escolares. También puede alojarse en algoritmos, sistemas de vigilancia, modelos de inteligencia artificial y plataformas digitales que reproducen las viejas jerarquías bajo una apariencia técnica y neutral.

Otro desafío consiste en profundizar las diferencias históricas entre los distintos momentos del expansionismo occidental. No para fragmentar la continuidad del despojo, sino para comprender con mayor precisión las mutaciones que permitieron pasar de la conquista territorial al endeudamiento, de la administración colonial a las sanciones económicas y del racismo biológico a las nuevas formas de criminalización cultural.

Midence aporta la estructura necesaria para emprender ese recorrido.

Terminar con el juego occidental

Las reflexiones conclusivas vuelven a las escenas cotidianas del comienzo. El círculo se cierra.

El autor demuestra que la colonialidad sigue activa porque continúa determinando qué conocimientos se consideran legítimos, qué universidades gozan de prestigio, qué lenguas parecen autorizadas para producir ciencia y qué pueblos todavía necesitan una certificación occidental para que sus aportes sean reconocidos.

Pero el cierre no es derrotista.

Midence recupera la exigencia de Frantz Fanon: terminar con el juego occidental y encontrar otra cosa. No se trata de reemplazar una supremacía por otra ni de copiar en sentido inverso las jerarquías del colonizador. Se trata de producir conocimiento desde nuestras historias, necesidades, lenguas y cosmovisiones.

Nosotros y Occidente no reclama una participación más decorosa dentro del mundo organizado por el imperialismo. Exige discutir quién trazó ese mundo, con qué recursos, sobre qué cadáveres y en beneficio de quién.

Su aporte fundamental consiste en revelar que Occidente no fue grande porque Nosotros fuéramos pequeños.

Occidente necesitó empequeñecernos para presentar como grandeza el producto de su despojo.

 

 

*Periodista, analista geopolítico y profesor de filosofía argentino. Fundador y Presidente del Instituto y Análisis Geopolítico Alexandre Pétion.

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