

Por: Gonzalo Delgado Quintero
Lo que se escribe de una persona difunta, obviamente va dirigido a quienes le sobrevivimos y en lo personal, considero que es muy importante hacerlo, y más, si es de una persona que superó los 90 años de edad. Lo digo, porque se trata de varias generaciones que de una u otra forma pudieron tratarlo, cada una en su momento.
A mí, por ejemplo, me correspondió conocerlo a muy temprana edad. Ñan era de la generación de mis padres. De hecho, mi mamá que tiene menos edad, sin embargo, era su tía. Mi abuelo Calos Quintero y mi abuela Martina Regalado, se habían unido en segundas nupcias y cada uno traía resultados de la primera y por tal razón, mi madre que fue producto de esa última unión, cuando nació ya tenía sobrinos y Ñan era uno de ellos, él era hijo de mi tía Pastora Quintero, ella a su vez, era hija de la primera prole de Tatica Carlos y por supuesto, hermana de Cata, mi mamá que fue resultado de ese segundo casamiento de mis abuelos. Ñan y yo, por tanto, veníamos siendo primos.
Al escribir entonces, lo hago para el recuerdo, tanto de aquellos que lo conocieron de siempre, como los que, al nacer, como yo, lo conocimos ya en el camino de su adultez temprana y por supuesto, para los más nuevos que muy a pesar de las distancias de edades, tenían acá en la ciudad, y me refiero a mis hermanos, primos y sobrinos, muy presente el nombre de Ñan, en Nuario.
Ñan fue un hombre prolijo y me refiero, además de su obvia longevidad, más que todo, a ese ejemplo de ser cuidadoso en el quehacer de cada tarea de su productiva vida terrenal. Un ejemplo y un legado de trabajo tesonero, de honestidad comprobada, de firmeza y carácter.
De Adrían González Quintero, solo nos queda seguir su ejemplo. Hasta luego Ñan.
De parte de tu primo, Gonzalo Delgado Quintero y sé que, por extensión, de toda esta gran familia.











