

Por: Abdiel Rodríguez Reyes
Doctor en filosofía
Hace poco, Mark Zuckerberg, CEO de Meta, escribió un artículo en The Wall Street Journal, titulado The AI Futuro is for Everyone, en el que hace un diagnóstico de lo que está ocurriendo con la inteligencia artificial y la superinteligencia, así como de lo que, a su juicio, sucederá en el futuro. Su diagnóstico resulta especialmente interesante porque proviene de uno de los principales protagonistas del desarrollo tecnológico contemporáneo y porque sus ideas influyen directamente en la toma de decisiones de gobiernos, empresas e instituciones alrededor del mundo.
La tesis central de Zuckerberg es que la pregunta decisiva de nuestra época no es si existirá la superinteligencia, sino quién tendrá acceso a ella. En lugar de una inteligencia artificial concentrada en unas pocas instituciones, propone un modelo de acceso amplio, basado en el empoderamiento individual, la innovación y el equilibrio de poder. En su visión, la superinteligencia permitirá crear nuevos conocimientos, impulsar el emprendimiento, mejorar la salud, fortalecer la creatividad y ampliar las oportunidades económicas para millones de personas.
Otro aspecto relevante de su planteamiento es el rechazo a las posiciones catastrofistas que anuncian un futuro dominado por el desempleo masivo o la pérdida de relevancia del ser humano. Zuckerberg sostiene que la historia demuestra que las grandes revoluciones tecnológicas han terminado generando mayores niveles de prosperidad y libertad. A su juicio, la inteligencia artificial debe entenderse principalmente como una herramienta para la invención y no únicamente para la automatización de tareas.
Su planteamiento presenta una limitación importante. Aunque advierte sobre los riesgos de concentrar el poder tecnológico en pocas manos, prácticamente no desarrolla una propuesta de regulación pública capaz de evitar los abusos derivados de la superinteligencia. Confía en que el acceso generalizado y el equilibrio entre distintos actores funcionarán como mecanismos suficientes de control, pero deja sin responder interrogantes fundamentales sobre la responsabilidad de las grandes empresas tecnológicas, la protección de los derechos de los ciudadanos, la transparencia de los algoritmos, la concentración de datos y el impacto de la inteligencia artificial sobre la democracia y el mercado laboral.
Este silencio resulta especialmente significativo porque Meta es una de las compañías que lideran la carrera mundial por desarrollar modelos cada vez más sofisticados. Es importante preguntarse por quién establecerá las reglas bajo las cuales será utilizada y supervisada la superinteligencia.
Zuckerberg defiende la innovación, la libertad económica y el empoderamiento individual y como el mismo lo señala, «Propongo una filosofía basada en el empoderamiento individual como fuente de prosperidad». El uso para beneficio de la humanidad de la inteligencia artificial difícilmente dependerá únicamente del optimismo tecnológico de quienes precisamente se lucran de ella. También exigirá instituciones democráticas sólidas, una ciudadanía planetaria empoderada, mecanismos efectivos de regulación y una gobernanza internacional (y adecuaciones nacionales), capaz de garantizar que el enorme poder de la superinteligencia se encuentre verdaderamente al servicio del bien común y no únicamente de los intereses del capitalismo digital.













