

Por Alejandro Román Sánchez
La humanidad tiene una doble moral ante las catástrofes en las que está presente la naturaleza y las causadas por ella en su estupidez y perversidad. Clama y/o conmina a lo divino ante la pérdida de vidas y la destrucción por hechos de la naturaleza.
Las entiende como sorpresivas y extremas, pese a que dichos hechos son manifestaciones de la energía de la naturaleza, obedeciendo la devastación más bien a la terquedad de la humanidad por ignorarla.
Al mismo tiempo, la humanidad es capaz de causar muerte y destrucción, debido a su tozudez en la preservación del planeta y al uso de juguetes de guerra, diseñados para producir el mayor daño posible, con el propósito de imponer y controlar.
Se muestra tolerante y hasta toma partido ante tanta devastación, defendiendo lo indefendible.
Practica el genocidio de pueblos, por el solo hecho de considerarlos enemigos al ser diferentes, a quienes hay que eliminar sin importar los medios y la magnitud del daño.
Teniendo la capacidad para hacer lo contrario, esa actitud hace que la humanidad se comporte como un ser taimado, cruel y despreciable, porque la destrucción es realizada con saña y sin remordimiento.
Este comportamiento hace que la humanidad resulte sumamente peligrosa. Tanto para ella misma, como para los demás seres vivos y el planeta.














