
Por: Enrique Avilés
Hablar de la neutralidad del Canal en los días más aciagos de la geopolítica internacional, no resulta banal en lo absoluto, pues es abordar un tema que con luces largas incluye la supervivencia a futuro de nuestra población y de nuestro estado.
Hay que dejar en claro que la República de Panamá, en el concierto de los Estados no es neutral, como el caso, con particularidades muy específicas, de Suiza, para ser prudentes y comprender el tamaño del error que está cometiendo la dirección ejecutiva del país al iniciar una silenciosa cruzada para la internacionalización de la adhesión al tratado de neutralidad permanente del Canal, firmado con Estados Unidos en 1977. Dicho tratado deja en claro que el canal de Panamá, debe mantenerse neutral tanto en tiempos de paz como en tiempos de guerra, en otras palabras mantener el paso pacífico, continuo, seguro y libre, y no gratis como mencionó el mandatario estadounidense, a todas las naciones del mundo independiente de su participación o no en conflictos bélicos, sin discriminación de condiciones en lo referente a los costos de tránsito. Dicho tratado incluye también la enmienda de Concini, añadida posterior a la firma de los mismos y previa a la ratificación del mismo por ambos Estados, en donde se establece que “si el Canal es cerrado, o sus operaciones son interferidas, los Estados Unidos y la República de Panamá tendrán cada una independientemente el derecho de tomar los pasos que consideren necesarios de acuerdo a sus procesos constitucionales, incluyendo el uso de fuerza militar en Panamá para reabrir el Canal o restaurar las operaciones del Canal” (texto aprobado por el Senado el 15 de marzo de 1978). Todo esto incluye esta enmienda, mientras que en tratado firmado previamente sr establece en el Art VII que “la República de Panamá y los Estados Unidos de América copatrocinarán en la Organización de los Estados Americanos una resolución que abra a la adhesión de todos los Estados del mundo el Protocolo de este tratado, mediante el cual los firmantes se adherirán a los objetivos del tratado, conviniendo en respetar el régimen de neutralidad establecido en el mismo” ( Tratado de neutralidad permanente, 1977). Lo anterior llama mucho la atención, pues parece que hay un mandado haciéndose en tiempos de incertidumbres, que busca sostener apoyos a futuras acciones todo justificado en un marco de protección del Canal al tiempo que se inhabilita al resto del mundo a alzar su voz si Estados Unidos cumple con la enmienda de Concini, que valga la pena decir no se le muestra a ningún país que está por adherirse al mamotreto jurídico internacional.
La suspicacia salta a la vista al ver que en buena parte de los viajes del presidente, algo que no queda fuera de las peticiones de nuestro flamante ejecutivo es solicitar la adhesión al tratado, a menos que el Estado visitado ya esté adherido al mismo. Todo esto, luego de un memorándum de entendimiento firmado con Estados Unidos donde los eufemismos asumen la permisiva presencia militar en Panamá de sus tropas, so pretexto hasta de motivos humanitarios. Sin olvidar mencionar que el memorándum es totalmente inconstitucional en su creación al evadir, como parece ser la estrategia favorita de nuestro ejecutivo, la aprobación de la Asamblea Legislativa.
La adhesión a un protocolo de un tratado implica que un Estado consienta formalmente su vinculación al mismo y se obligue a cumplir su contenido, adquiriendo sus derechos y deberes sin haber participado en su negociación original ni haberlo firmado previamente. La pregunta salta a la vista: a qué obedece esta cruzada cuando la administración Trump ya ha amenazado descaradamente de tomarse el canal aludiendo a que Panamá no está cumpliendo con la neutralidad? Tal parece que las adhesiones en este momento servirán de futura mordaza a las voces de reclamos de otros estados en caso de una arbitrariedad de Estados Unidos, más allá de proteger los intereses de un canal y un país neutral. La sumisión no garantiza la supervivencia de los pueblos y los expone a la extinción por entrega absoluta, entonces una cruzada de semejante tamaño es la negación de que lo mejor para Panamá y sus futuras generaciones es desvincularse del Tratado de neutralidad permanente e iniciar negociaciones a futuro. Creo que pocos han notado que la cruzada está en marcha y espero que no sorprenda a nadie que los lobos no cambian de piel, porque si en 1925, 1964 y 1989 nos masacraron hoy en la geopolítica internacional no dudarían en hacerlo y solo nos queda el recurso de una diplomacia que pida la justicia de una nueva neutralidad, no una cruzada de traición a la patria fingiendo protegerla.
El autor es historiador.















