

Licdo. Víctor Collado S.
Lic. Víctor Collado S.
Se principia por establecer algunas premisas que resultan importantes para el desarrollo y, más que todo, para la compresión de esta Opinión.
Aunque con notables y obvias diferencias en el calendario pero relacionados entre sí, está, por un lado, la fecha en que debe terminar el quinquenio de JRM y, por el otro, la apertura del proceso electoral para la elección de las autoridades en sus distintos niveles.
Pensando en uno u otro extremo, está presente la idea o el esquema de un liderazgo, generalmente en sinfonía con aspiraciones personales, recubiertos con una maleza de intereses populares falsos y chácharas semejantes.
Tómese en cuenta la fecha vinculada con la conclusión del período constitucional y lo del calendario que indique el Código Electoral o el TE o en otra fecha distinta a las 2 anteriores, arranca a tejerse, en un trajín azaroso, una gruesa cadena de intrigas, negociaciones y transformaciones, todas subterráneas y en estado de nocturnidad, con sorna y escasa brillantes, para luego irrumpir en el escenario cotidiano tan pronto se acuerda el pacto macabro de las reparticiones y las tramoyas para seguir gozando del poder.
Con todo lo ocurrido y lo que ya debe tenerse como aprendido, avizorar liderazgos como se sugiere en el título de esta entrega dominical, puede parecer muy temprano por la variedad de razones (inventadas o reales) que pueden presentarse en el análisis. El tiempo, además, para apuntalar un liderazgo político, es altamente relativo y exponencialmente explosivo.
Lo primero que tiende a ocurrírsenos es que falta mucho para aquello y cualquier evento, en curso o que aparezca de repente, puede adelantar, atrasar o distorsionar circunstancias de un momento a otro. Cuéntese la alta dosis de inconsistencias que contaminan todo lo que se encuentre al paso. Y el oportunismo, inocultable y solapado, alcanza niveles épicos. Tampoco puede dejar de contarse la enfermiza mentalidad del panameño que considera el acceso a la política y, desde luego, al gobierno por la vía que le sea posible, como camino cómodo para resolver sus problemas, disponer de las mejores condiciones de vida posibles y acumular recursos suficientes para afrontar los bruscos e inesperados cambios que caracterizan la vida desalmada en la burocracia gubernamental. Todo lo dicho, sin duda, empobrece el surgimiento del liderazgo deseable.
Y sin irnos muy lejos pero con grados de irresistible pesimismo, a la fecha de hoy no se advierte la presencia o proyecto de un liderazgo firme y creíble, y lo peor es que eso tiene toda la pinta que va a mantenerse así hasta la apertura de la campaña de 2029, muy a pesar que Ud. ni yo, no lleguemos como testigo de cargo ante semejante desdicha que apambincha con solo imaginarla.
El desánimo sobre un liderazo resulta, para abundar, por la notoria banalidad de nuestra clase política tridimensiona por la presencia de toldas políticas privadas de futuro y con un arrastre de sinsentido en el más doloroso y profundo sentido de esa palabra, endosable a los partidos inscritos y otros seguidores en formación, atraídos por el subsidio.
Estos rasgos son un inventario que empiedra el viaje por o para encontrar el liderazgo que necesitamos (el País) y su futuro cercano.
Sea verdad que se encuentre lejos o cerca, sea difícil o fácil el pronóstico, sorteando obstáculos o transitando una vía expedita, luzca claro o demasiado oscuro, seguimos construyendo una paz ficticia con la orfandad que se avecina a paso seguro por una sencilla razón: no hay liderazgo por aquí ni hay por allá.
Y ese vacío nos sofoca angustiadamente en rumbo hacia una distopía inmerecida.














