

Por: Diógenes Sánchez Pérez
Filósofo e Historiador
“La estrategia sin táctica es el más lento camino hacia la victoria. Las tácticas sin estrategia son el ruido antes de la derrota”. Sun Tzu.
La tesis teleológica del “fin de la historia”, formulada por Francis Fukuyama tras el colapso de la antigua Unión Soviética, sostenía que la democracia liberal y el sistema capitalista de mercado constituían el pináculo de la evolución ideológica de la humanidad. Desde esta perspectiva, el fin de la Guerra Fría fue interpretado como el triunfo del modelo político occidental y la consolidación de un orden internacional liderado por Estados Unidos. En este artículo de opinión trato de fundamentar, que ahora con el ascenso de China se apertura una nueva etapa de disputas comerciales, geopolíticas, económicas y tecnológicas en la que Estados Unidos debe redefinir su papel frente a un orden internacional cada vez más multipolar. En consecuencia, más que exponer el fin de la historia, el escenario contemporáneo revela una profunda reconfiguración de las relaciones de poder a escala planetaria. Recientemente en la cumbre entre Donald Trump y Xi Jinping, celebrada en mayo de 2026, el mandatario chino apeló a una estratagema de notable tenacidad geopolítica: la denominada “trampa de Tucídides”. Su discurso fue de gran cautela diplomática, pero, con contundencia política, al referirse al riesgo de confrontación cuando emerge una nueva potencia y le disputa la supremacía a la potencia ya establecida. El concepto tiene su origen histórico en el libro de Tucídides: Historia de la Guerra del Peloponeso, en la que narra la rivalidad entre Atenas y Esparta, donde el crecimiento del poder militar ateniense suscitó el temor en Esparta y fueron los factores desencadenantes de la guerra.
En el contexto contemporáneo, esta categoría analítica se emplea para describir escenarios similares donde el acelerado crecimiento de China en el comercio internacional, así como el desarrollo vertiginoso en el campo científico, tecnológico y militar, constituye un desafío estratégico al control y la hegemonía estadounidense. En este sentido, Xi Jinping ha subrayado la necesidad de que ambas potencias cooperen frente a los desafíos globales. Según sus palabras: “Si podemos unir fuerzas para resolver los problemas mundiales y garantizar una mayor estabilidad en el mundo; si podemos velar por el bienestar de nuestros dos pueblos, el futuro y el destino de la humanidad, y crear conjuntamente un futuro brillante para las relaciones bilaterales: estas son, podría decirse, cuestiones de historia, cuestiones de paz y cuestiones de los pueblos”.
La “Nueva Ruta de la Seda”, impulsada por China como estrategia de conectividad, infraestructura y proyección geopolítica, es vista por Estados Unidos como un instrumento para ampliar la zona de influencia global del Partido Comunista Chino. En este contexto, ambas potencias deben negociar su rivalidad estratégica para evitar una escalada militar entre una potencia emergente y una dominante, pero, en plena decadencia. Para ello, es clave construir confianza internacional mediante la cooperación recíproca, la competencia regulada y el reconocimiento mutuo de intereses diversos. Queda por ver si Estados Unidos, ante su relativa pérdida de predominio, intensificará la confrontación con China o apostará por una coexistencia más estable en un orden cada vez más multilateral.


Un contraste relevante entre ambas potencias que expresa el respeto al derecho internacional se observa en sus trayectorias de intervención militar. La última guerra a gran escala en que participó China fue la guerra chino-vietnamita de 1979. A contrario sensu, desde la década de 1970 Estados Unidos ha participado en cuantiosas operaciones militares, entre ellas: Vietnam, Irán, Granada, Libia, Somalia, Yugoslavia, Panamá, Afganistán, Irak y más recientemente en Nigeria, Venezuela e Irán, sin contar con los múltiples despliegues militares menores en otros países. La administración Trump, con su nuevo corolario Donroe, ha aumentado su agresividad hacia América Latina, y Panamá no escapa a esa lógica imperialista de apropiarse de su principal recurso estratégico. El Canal de Panamá, como afirma Julio Yao, se ha convertido en nuestro calvario. Por ello, urge apostar por el multilateralismo, la distribución global del poder, un comercio mundial con reglas claras y el respeto a la autodeterminación de los pueblos, sólo de esta manera podremos lograr la tan anhelada paz mundial, así lo enseño Confucio: «Si hay paz en el alma, habrá belleza en la persona. Si hay belleza en la persona, habrá armonía en el hogar. Si hay armonía en el hogar, habrá orden en la nación. Si hay orden en la nación, habrá paz en el mundo».














